BIENVENIDA: EL ESCRITOR

Hola, si llegaste aquí de casualidad, quiero que sepas que lo que vas a leer es una historia que tenía en mente hace muchos años, casi como un hobbie, la empeze muchas veces, y deseche varias más. A veces pensaba que no me decidiría a escribirla completa, espero que esta sea la ocasión.

Disfruta la historia.

Atten. El escritor.

Cap: ¿Fin del Viaje?

La historia nace en los confines del mundo, en un rincón donde el silencio es el único habitante. Allí, un lago espejado descansa bajo un cielo de un azul absoluto, mientras un sol inclemente lo inunda todo con su luz dorada. Frente a una cabaña gastada por los años, una anciana permanece sentada a la orilla, contemplando el horizonte con la mirada perdida en un futuro que sabe ajeno. La brisa juega tímidamente con sus cabellos plateados; ella los sujeta con dedos temblorosos y exhala un suspiro que parece cargar con el peso de toda una vida.

Desde la distancia, un hombre de unos treinta y cinco años se aproxima. Su rostro, marcado por un cansancio antiguo, está enmarcado por una barba descuidada y el brillo opaco de sus anteojos. Viste unos pantalones tácticos, desgastados y repletos de bolsillos que han cargado mil historias. Al llegar a su lado, la sombra de la preocupación cruza sus ojos.

—¿Te sientes bien? —pregunta él, con voz suave.

Ella lo mira, encontrando en sus pupilas el reflejo de lo inevitable.

—Zack… —la mujer sostiene su mirada—, sé que el hilo se está terminando. Estoy tan cansada.

—No digas eso —la interrumpe él con una urgencia desesperada—. Lograremos llegar a mi hogar. Allí existen tratamientos, tecnología para prolongar tus días... estarás conmigo muchos años más.

Ella esboza una sonrisa triste, casi etérea.

—Sí... me hubiera gustado conocer ese hogar tuyo, Zack.

El día se desvanece entre confidencias y silencios compartidos. Cuando la noche extiende su manto, Zack la conduce con delicadeza hasta una pequeña habitación. La ayuda a recostarse, la arropa como quien protege un tesoro frágil y, tras un beso suave en la frente, le susurra un "buenas noches" que suena a despedida.

Al alba, los primeros dedos de luz se filtran por las grietas de la cabaña, despertando a Zack. Tras vestirse mecánicamente, se dirige al cuarto. El silencio allí es diferente: es denso, absoluto. Al rozar la mejilla de la anciana, el frío de la piel le devuelve una verdad devastadora. Ya no hay aliento.

Una tristeza abismal se desploma sobre él. Ella era el último vestigio de humanidad en su largo peregrinaje; con su partida, el mundo se volvía, finalmente, un desierto de un solo hombre.

Zack cargó el cuerpo fuera de la estructura de madera que les sirvió de refugio. Bajo la sombra de un árbol solitario, comenzó a cavar. Con cada palada de tierra, el pasado emergía: los amigos que se volvieron polvo, los parajes olvidados, la esperanza que lo mantuvo en pie durante leguas interminables.

Al depositarla en el hueco, el acto de cubrirla se volvió un ritual de entierro para su propia alma. Con cada puñado de tierra, la luz de su propósito se extinguía.

¿Qué sentido tiene avanzar cuando no hay nadie a quien mirar al llegar? ¿Para qué alcanzar la meta si el silencio será el único en recibirte?

Con la última palada, el montículo de tierra no solo resguardó un cuerpo, sino que sepultó también la voluntad de Zack. El viaje continuaba, pero el viajero se había quedado allí, bajo la sombra de aquel árbol.

Cap: Emily - 2026/03/31

Emily tiene 21 años y habita la soledad de un departamento mediano en un cuarto piso. Su presencia es inconfundible, marcada por una exuberante cabellera de rizos definidos que caen como una cascada rosa chicle, enmarcando un rostro pecoso y unos ojos color avellana. Aunque posee una sonrisa capaz de iluminar cualquier habitación, su mirada también esconde una chispa de determinación y un carácter fuerte; Emily no es de temperamento dócil y se cabrea con bastante facilidad.

Viste con un estilo casual y juvenil, generalmente una chaqueta de mezclilla sobre una camiseta blanca básica y pantalones ajustados, complementando su look con una delicada cadena de plata. Adora su hogar, un lugar sencillo pero acogedor que mantiene impecable, y lleva viviendo allí poco más de un año. Se lleva muy bien con todos sus vecinos —o al menos eso prefiere creer—, aunque la misma interrogante siempre surge entre los recién llegados:

—¿Por qué te tiñes el cabello de rosa?
—No es tinte, es mi color natural —responde ella, con una paciencia que empieza a agotarse. No quiere ser recordada simplemente como "la chica del pelo rosa".

Hubo un tiempo en que Emily intentaba camuflarse, tiñéndose de castaño para no atraer miradas. Su infancia fue un peregrinaje por orfanatos desde que tiene memoria; hasta los doce años, fue una sombra buscando un lugar donde encajar. En esa búsqueda, rozó círculos peligrosos hasta que encontró a la persona que le enderezó el rumbo: un mentor a quien hoy admira con devoción.

Al salir del metro tras la jornada laboral, Emily caminaba hacia su refugio pensando en descansar, ver algo de televisión y pedir comida a domicilio. Sacó su celular, decorado con pegatinas de estética ochentera, y marcó a una amiga.

—Hola, ¿te tinca si nos juntamos hoy? Podríamos ir por unos tragos.
—Lo siento, Emily, ya tengo planes. Quizás la próxima semana —fue la respuesta gélida.
—Entiendo... —Emily cortó, sintiendo el peso de la decepción. Al colgar, la frustración habitual empezó a hervir bajo su piel, un recordatorio de lo fácil que se encendía su mecha—. Bueno, será otro viernes aburrido.

Sin invitaciones ni planes a la vista, decidió dar un rodeo por un parque cercano para calmar los ánimos. El otoño estaba en su apogeo y el suelo era un tapiz crujiente de hojas ocres y doradas. Se sentó en una banca y sacó de su mochila un dispositivo singular: un aparato que imitaba a la perfección un Walkman clásico, capaz de reproducir casetes reales pero modificado con una entrada digital para formatos modernos.

—Algún día tendré uno de verdad —suspiró.

Mientras la música de los 80 inundaba sus oídos, observaba a la gente pasar, sintiéndose como una viajera del tiempo atrapada en la época equivocada. A lo lejos, un hombre captó su atención. Vestía una gabardina negra, tenía el cabello castaño corto, una barba descuidada y anteojos. Miraba una fotografía con una fijeza obsesiva, su rostro era un mapa de cansancio y tristeza profunda.

«Seguro llora por una ex», pensó Emily con cinismo, permitiendo que su irritación se desviara hacia el desconocido. En ese instante, el hombre levantó la vista y sus miradas se anclaron por un segundo. Ella fingió desinterés de inmediato, frunciendo el ceño ligeramente. El desconocido guardó la foto y se esfumó entre los árboles.

Al llegar a su edificio, se topó de nuevo con él. Emily esperó a que el sujeto subiera al ascensor antes de acercarse al conserje, un anciano que parecía formar parte de los cimientos del lugar. Decían que él mismo ayudó a construir el edificio hace décadas; otros decían que era el dueño, mitigando la soledad de su viudez entre charlas con los residentes.

—¿Cómo estás, Emily? —saludó el anciano con una chispa de alegría.

Tras el intercambio de cortesías habitual y escuchar las noticias sobre la visita de sus nietos, Emily soltó la pregunta:

—¿Quién es el tipo de la gabardina negra?
—Lleva dos días rentando el 405. Justo al lado tuyo, el 404 —respondió el viejo con una sonrisa pícara—. ¿Por qué el interés? ¿Acaso te gusta?
—¡Para nada! No diga tonterías —rio ella, aunque internamente sintió una punzada de molestia por la sugerencia. Su historial amoroso era un desastre, una serie de hombres huyendo de su complejidad. Su récord había sido un año, y terminó con el sujeto en el hospital con una fractura de cadera.

Se despidió y giró con tal energía que una ráfaga de viento antinatural agitó las cortinas del vestíbulo. Al abrirse el ascensor en el cuarto piso, el hombre estaba allí, esperando para bajar. Se miraron fijamente. Él la reconoció, pero su rostro permaneció como una máscara de piedra.

—Señora, ¿va a salir o se queda en el ascensor? —la voz del hombre la sacó del trance.
—Este es mi piso —masculló ella al salir, la indignación asomando en su voz. Al cerrarse las puertas, su carácter estalló en sus pensamientos—: ¿Me dijo señora? ¿Tan vieja me veo? ¡Será imbécil!.

A las 3:00 a.m., Emily seguía despierta, sumergida en el sopor de los videos de gatos en internet, todavía rumiando el encuentro en el ascensor.

—¡Qué aburrimiento! —exclamó, dándole un sorbo a su cerveza—. Si no fuera por el Wi-Fi, esto sería insoportable.

De pronto, las luces parpadearon. Un chasquido eléctrico, seco y potente, retumbó desde el departamento 405. Todo el edificio quedó sumido en una oscuridad total. Con el oído agudizado por su naturaleza especial y su paciencia ya agotada por el aburrimiento, Emily sintió cómo su mal genio se encendía. Suponiendo que el vecino nuevo tenía algo que ver, decidió actuar. Sin cambiarse su pijama de los Cariñositos y su camiseta de He-Man, salió al pasillo. Un olor a ozono y cable quemado emanaba del 405.

Golpeó la puerta con fuerza, su irritación palpable en cada golpe. Adentro, escuchó movimientos frenéticos, como si alguien intentara ocultar un crimen a la velocidad de la luz. Emily se preparó para derribar la puerta, controlando a duras penas las ganas de usar sus puños, recordando el consejo de su mentor: Primero el cerebro, luego la fuerza.

La puerta se abrió. El sujeto apareció demacrado, con los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño.

—¿Qué sucede? —preguntó él, ajustándose los anteojos.
—Algo se te quema —dijo Emily, divisando humo tras él, su tono de voz ya cortante por la molestia contenida.

Cuando el hombre intentó cerrarle el paso, ella lo empujó con una fuerza descomunal, dejando salir una parte de su frustración acumulada. El tipo voló hasta una esquina, golpeando una radio que comenzó a sonar a todo volumen.

—¿Pero qué rayos...? ¿De dónde sacaste esa fuerza? —balbuceó él, atónito.
En la cocina, una esfera metálica levitaba junto a un enchufe, drenando la energía del edificio en un arco eléctrico visible. Al terminar, el artefacto cayó al suelo con un golpe sordo. Junto a la esfera, una espada de diseño anacrónico comenzó a vibrar y salió disparada hacia la mano del hombre como si fuera atraída por un imán.

—Aléjese, señorita —amenazó él, empuñando el arma.
—¿Telequinesis? ¿Tecnología oculta? —preguntó Emily, sin retroceder un ápice, su mal genio dándole el valor para enfrentar la amenaza.
—Solo voy a tomar mis cosas y me iré por la ventana. Arrodíllese y haga como que no vio nada.

Emily comenzó a bajar, pero soltó una carcajada irónica, su molestia transformándose en desafío:

—Estamos en un cuarto piso, ¿vas a salir volando?
—Eso no le incumbe.
—Antes me dijiste señora y ahora señorita. ¡Decídete!

En un parpadeo, Emily se impulsó. Fue un borrón de pijama rosa que conectó un gancho directo a la mandíbula del hombre, descargando toda su rabia. Al golpearlo, sintió una resistencia invisible, un campo de fuerza que amortiguó el impacto. Sin darle tregua y con la adrenalina de su carácter en alto, le asestó un golpe en el estómago que lo lanzó contra la pared con tal violencia que atravesó el concreto, aterrizando en el living del 404.

Emily entró por el boquete, el rastro de la destrucción alimentando su furia. El hombre estaba en el suelo, aturdido. De su bolsillo cayó la fotografía: Zack sonreía junto a una chica de cabello negro bajo un cielo imposible, donde rascacielos colosales se alzaban bajo la sombra de un planeta cercano. Al reverso, una fecha: 25 de enero de 4570.

—¿Te llamas Zack? ¿Vienes del futuro? —preguntó, exigiendo respuestas con tono imperioso.
—Déjame en paz... —susurró él.

De repente, una oscuridad densa brotó de Zack. Sus ojos brillaron en la negrura y una onda de choque lanzó a Emily hacia la cocina. La espada absorbió la oscuridad, rodeándose de un aura negra. Antes de que Zack pudiera atacar, Emily cargó de nuevo, su mal genio y determinación fusionándose en un ataque imparable. El impacto fue sísmico: el cuerpo de Zack atravesó sucesivamente las paredes de los departamentos 403, 402 y 401.

Emily caminó entre los escombros de las viviendas contiguas. Afortunadamente, los vecinos dormían en las habitaciones opuestas.

—¡No te levantes! —ordenó ella, su voz temblando por la intensidad de la situación y su propia agitación.

Zack intentó usar su campo de fuerza, pero Emily, ciega por la furia, lo tomó de la ropa, lo lanzó al techo y lo recibió con un golpe final que lo dejó fuera de combate.

Poco después, hombres de traje y mirada severa inundaron el lugar. Al frente de ellos, un hombre alto de unos 55 años observaba el desastre con una mano en la frente, conociendo bien el temperamento explosivo de su pupila.

—Fue una mala idea dejarte vivir entre civiles, Emily. A partir de mañana, te mudas a la Agencia.
—¡No quiero! —protestó ella, con su habitual tono rebelde, señalando al inconsciente Zack—. ¡Atrapé a un tipo malo!
—¡Destrozaste medio edificio, Emily!
—Pero...
—Se acabó la discusión.

En algún hilo del multiverso, Emily decidió simplemente ignorar el ruido de su vecino. Pero en este, su temperamento volátil y su pijama de los Cariñositos acababan de cambiar su destino para siempre.